
A fines de 1993, cuando estaba en pleno vigor la dictadura fujimorista, escribí un artículo en la revista "Caretas", bajo el título "Modernidad y Tradicional". Y lo hice porque por esos días estaba por publicarse, no recuerdo dónde, un Diccionario de la Antilengua, contentivo de "100 palabras que los católicos practicantes nunca deben pronunciar".
Según se afirmaba, el objetivo del diccionario era "desenmascarar las palabras-mentira a menudo hechas asépticas y emotivamente inócuas por el lenguaje legal, científico o por la ideología ganadora".
Esas dos palabras estaban muy de moda en aquel entonces porque el gobierno las utilizaba para legitimarse dentro y fuera del país. Así, "modernidad" -término que había importado Mario Vargas Llosa en su campaña presidencial de 1990- era la tierra prometida a la que nos estaba conduciendo el proceso político y económico vigente, y "tradicional" era todo aquello que debía ser desterrado, especialmente los partidos políticos.
Del binomio "modernidad y tradicional" ya conocemos el engendro que emergió. Pero volviendo al artículo de Caretas, solicité a mis amigos Armando Robles Godoy y Aurelio Loret de Mola que definieran ambas palabras de acuerdo a sus respectivos criterios.
Entonces, Armando definió la palabra modernidad de este modo: "Antiguedad actualizada. En el Perú, idiotismo con el que se pretende dar prestigio a la estupidez".
Aurelio, por su parte, definió "tradicional" como "Pedazo de la historia que explica un trozo del presente. En el Perú, término peyorativo utilizado para ocultar la ignorancia de la historia e imponer barbaridades comprobadas como si fueran inéditas".
Ambas definiciones siguen vigentes, claro está, al igual que esos dos tipos extraordinarios.
Una palabra que se ha vuelto muy actual es la palabra "caviar", muy mal copiada de sus orígenes franceses, cuando los radicales de izquierda querían desprestigiar a los "izquierdistas moderados" o "light". En el Perú, haciendo gala de una suprema torpeza, la aplicación de "caviar" proviene nada menos que... de la derecha!!!
En todo caso, Armando Robles Godoy ha vuelto a hacer una definición provocadora, en la cual no puede negar el sabor intenso que se encierra en el caviar, aunque acompañado de un inevitable sesgo de clase. Para él, un caviar es: "Un huevoncito sabroso".
Brillante, Armando, como siempre.
Según se afirmaba, el objetivo del diccionario era "desenmascarar las palabras-mentira a menudo hechas asépticas y emotivamente inócuas por el lenguaje legal, científico o por la ideología ganadora".
Esas dos palabras estaban muy de moda en aquel entonces porque el gobierno las utilizaba para legitimarse dentro y fuera del país. Así, "modernidad" -término que había importado Mario Vargas Llosa en su campaña presidencial de 1990- era la tierra prometida a la que nos estaba conduciendo el proceso político y económico vigente, y "tradicional" era todo aquello que debía ser desterrado, especialmente los partidos políticos.
Del binomio "modernidad y tradicional" ya conocemos el engendro que emergió. Pero volviendo al artículo de Caretas, solicité a mis amigos Armando Robles Godoy y Aurelio Loret de Mola que definieran ambas palabras de acuerdo a sus respectivos criterios.
Entonces, Armando definió la palabra modernidad de este modo: "Antiguedad actualizada. En el Perú, idiotismo con el que se pretende dar prestigio a la estupidez".
Aurelio, por su parte, definió "tradicional" como "Pedazo de la historia que explica un trozo del presente. En el Perú, término peyorativo utilizado para ocultar la ignorancia de la historia e imponer barbaridades comprobadas como si fueran inéditas".
Ambas definiciones siguen vigentes, claro está, al igual que esos dos tipos extraordinarios.
Una palabra que se ha vuelto muy actual es la palabra "caviar", muy mal copiada de sus orígenes franceses, cuando los radicales de izquierda querían desprestigiar a los "izquierdistas moderados" o "light". En el Perú, haciendo gala de una suprema torpeza, la aplicación de "caviar" proviene nada menos que... de la derecha!!!
En todo caso, Armando Robles Godoy ha vuelto a hacer una definición provocadora, en la cual no puede negar el sabor intenso que se encierra en el caviar, aunque acompañado de un inevitable sesgo de clase. Para él, un caviar es: "Un huevoncito sabroso".
Brillante, Armando, como siempre.






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